miércoles, 20 de mayo de 2015

No por nada...

No por nada soy fan incondicional de Harry Potter y en más de una ocasión me he sorprendido a mí misma formulando muy concentrada conjuros levitatorios. Ya sabéis... ¿No? Bueno, pues para los que no sabéis (creo que, por una vez, los de la Logse os llevan ventaja porque ellos seguro que lo saben) este es el conjuro: ¡Wingardium Leviosa! Como os decía, más de una vez me he sorprendido diciéndolo y esperando a ver qué pasa. Y no, no pasa nada. Yo no pierdo la ilusión. Nunca. Pero hasta ahora no ha pasado nada. Quizá sea porque suelo hacerlo sin mi varita. O quizá sea porque no tengo. Varita. Porque ilusión sí tengo. Y mucha.


Seguramente, no por nada, sin ser especialmente deportista (lo sé, mi cuerpo atlético no me delata, pero los que me conocéis sabéis que es así. Cambiar la actividad física por el estado horizontal no es lo mío. Aunque, a veces, lo hago. No sé por qué. Pero, a veces, es así. Preparaos que ahora salgo del paréntesis y tenéis que seguir el hilo de la frase de antes de este rollo. ¿Preparados? ¿Listos? Allá vamos...) he sentido unas INCONTENIBLES ganas de jugar a quidditch. Y lo que es peor aún, he sentido que sería buena. Digo más, muy buena. Lo cual no tiene ningún sentido porque nunca he sido especialmente buena en ningún deporte. En otras cosas, sí. Pero en ésta, no. Eso es así.

No por nada, hablar élfico me parecería... No encuentro las palabras. Os lo digo en élfico:



Tampoco es por nada que vivir en una casa estilo Hobbit sería algo así como un sueño hecho realidad. Sí, una de esas con puerta redonda, incrustada en la montaña y rodeada de verde. Con un banquito en la entrada y Gandalf apareciendo de vez en cuando a saludar con su pipa de la paz. Y lo que no es la paz. Busqué bastante. Mucho. De hecho, busqué por todo Madrid. Pero no encontré nada parecido. Sobre todo por lo de la montaña, el verde y Gandalf. Pero encontré algo redondo. Y, seguramente por eso, convencí a Tere (o Tere me convenció a mí porque con ella, a parte de compartir genes o precisamente por eso, comparto también esta tarita) y nos mudamos. Y ahora me siento como si viviera (casi) en La Comarca. Los que habéis pasado por allí, ya sabéis de qué os hablo. Los que no, adjunto documento gráfico para que entendáis de qué os hablo:


Y si después de ver la foto de la puerta de mi nuevo hogar os parezco exagerada, podéis preguntarles a mis nuevos vecinos que el otro día se mudaron y lo primero que preguntaron fue si aquí hablábamos élfico. Quise salir y decirles que sí. Me pareció maravilloso.

Por todo esto, me imagino que no es por nada que, frecuentemente, me pregunte y pregunte a los demás cuál sería el súper poder que elegirían en caso de que pudieran elegir uno. Y no por nada yo tengo mi respuesta clara. Muy clara. No es gratuito. He invertido mucho tiempo de mis últimos 30 años pensando y sopesando las diferentes posibilidades. Y puedo decir que, sin dudarlo ni por un segundo, la teletransportación sería el súper poder que elegiría, en caso de que alguien me diera la oportunidad de elegir uno. 

Y ayer hablé con alguien que me hizo corroborarlo. 

Deberías saber que me hubiera teletransportado al sur de España eliminando así los seiscientos y pico km que nos separan en estos momentos y te hubiera acompañado a comernos un McMenú. Con patatas y coca-cola grandes por unos céntimos más. Y postre, por favor. Hubiera disfrutado esta ingesta de calorías mientras me ponías al día de tu vida y yo, a lo mejor, hacía lo propio con la mía. Y hubiéramos compartido una vez más habitación en cualquier hostal barato como cuando cogíamos el coche y nos recorríamos España de arriba a abajo. Nos hubiéramos reído, tal vez llorado, seguramente disfrutado. Y mucho. Seguro que hubiéramos disfrutado mucho. Y esta mañana me hubiera vuelto a teletransportar a Madrid. 

Todavía nadie me ha dado la oportunidad de elegir un súper poder. Pero, si alguien lo hubiera hecho, no dudes ni por un segundo, amiga mía, que ayer me hubiera teletransportado para estar contigo.

"Compañeros hay muchos, verdaderos amigos solo unos pocos."
Steven Santana

P.D: Para los que no controláis el idioma, os desvelo el misterio. Hablar en élfico me parecería... Espectacular.

martes, 19 de mayo de 2015

Hoy es momento para otra cosa

A veces me pasa que me leo y me río. La verdad es que me pasa con bastante frecuencia. Lo de reírme cuando me leo. Mucha. Me pasa con mucha frecuencia. Supongo que por eso escribo. Ya sabéis, no tanto como debería (o me gustaría). Y si os parece que escribo poco, la realidad es que me leo mucho menos. Pero a veces, me leo y me río. Y cuando me río por leerme, escribo. Pues bien, todo esto para contaros que ésta es una de esas veces.

Y, esta vez, coincide con que tengo varios temas rondándome la cabeza sobre los que no veo el momento de escribir. Y sobre los que me imagino riéndome mientras los leo. Pero acabo de decidir que hoy no es momento para eso.

Hoy es momento para otra cosa.

Como sabéis hace pocas semanas cumplí LOS 30. En realidad, lo alargué todo lo que pude. Traté de hacer como si no fueran conmigo. Intenté despistarlos, ignorarlos, confundirlos, engañarlos, desorientarlos... incluso rechazarlos. Pero, a pesar de mis esfuerzos, llegaron, me encontraron y no me quedó más remedio que (con más o menos ganas) aceptarlos y... Y ya.

Y, lo mismo que hace 30 días cumplí 30, hace 4 años y 30 días cumplí 26 (para los de la Logse, sé que el cálculo es algo complicado, pero voy a intentar explicarlo de la forma más sencilla posible: 30 años y 30 días menos 4 años y 30 días = 26 años). Y no es que en los 26 pasara nada excepcional. O sí. No lo sé. Pero sé que escribí un post que, por alguna razón (puede que la razón tenga nombre de despiste) no se llegó a publicar. 

Y hoy es momento de esta cosa. Porque sí, porque hay momentos para todo y hoy es un día tan bueno como cualquier otro para publicar algo con lo que 4 años y 30 días después todavía me siento algo (no mucho, un poco, pero algo) identificada:

"Seguro que más de una vez os ha pasado como a mí y os habéis cagado en la madre que lo parió. Porque aunque no nos guste, todos hacemos cosas que sabemos que no están bien, cosas que podríamos evitar, cosas que pueden molestar a los demás, cosas que incluso pueden perjudicarnos a nosotros mismos. En fin, muchas cosas que a veces hacemos sin pensar, otras pensándolas, otras ni nosotros mismos lo sabemos. Unas veces porque sí, otras porque no, otras porque ni sí, ni no, porque en algún momento nos dio lo mismo.  
No pasa nada, yo soy de la opinión de que las cosas una vez pasan, han pasado y punto y no suele tener mucho sentido seguir dándoles vueltas porque normalmente no se llega a ninguna conclusión. Hasta hoy. Hoy he llegado a una. 
Como sabéis, recientemente cumplí mis 26. A unos os parecerán más, a otros menos... A mí me parecen una barbaridad de años, o me parecían. Porque hoy estaba pensando que todas esas cosas que menos me gustan de mí y que han sucedido durante mis primeros 25 años de vida, en realidad me las podía permitir. Sí, me las podía permitir porque me encontraba en mis primeros 25 años. ¿Y qué son 25 años de nada si uno se pone a pensar en sus segundos 25, sus terceros 25, incluso quién sabe si sus cuartos 25? Nada. 25 años no son nada. 
Solamente son 25 años de aprendizaje, de inexperiencia, de no saber nada aunque pienses que lo sabes todo, de ir adquiriendo madurez, de empezar a tener más conocimiento y de poder permitirte ciertas cosas precisamente por todo ello.
Así que, de repente, me ha invadido una cierta tranquilidad cuando me he dado cuenta de esto y he tomado una decisión. He decidido que desde hoy, me auto-perdono todas las cosas de las que no me sienta especialmente orgullosa que haya cometido durante estos primeros 25 años de vida. Esas cosas que una vez pasadas, echas la vista atrás y hacen que no te reconozcas. O que te reconozcas y no te guste lo que ves. Pues de todas esas cosas. 
Os guste o no, yo misma me las perdono. Y, sinceramente, me parece una decisión genial. Me parece genial porque aunque probablemente sea algo benévolo por mi parte, también es una forma de exigirme más a partir de ahora. De exigirme más porque ya entro en mis segundos 25 años (ésos que van peligrosamente de los 25 a los 50...) y en ésos no me voy a perdonar tan fácilmente. Ya no son años de aprendizaje. Ya no son años de inexperiencia. Ya son otra cosa. Ya no hay excusa. 
Así que a partir de mañana me cagaré en la madre que parió al cargo de conciencia, pero hoy, hoy he decidido que no es tiempo para eso."


"La conciencia es una voz interior que nos advierte que alguien puede estar mirando."
Henry-Louis Mencken



martes, 13 de enero de 2015

Volver

Volver. Hace unos días una persona que me conoce bastante bien me dijo algo que me dejó pensando. Pensando en volver. En volver a muchas cosas o de tantas otras. Pero, sobre todo, en volver a escribir. Y sé que muchos debéis estar agradeciéndole a esta persona mentalmente que haya conseguido obrar en mí este milagro, porque si me llego a descuidar un poco más os tengo un año en sequía, sin actualizaciones, sin novedades, sin tantas cosas y sin muchas otras, sin contaros las cosas a mi manera... sin mí.

He de deciros que, durante este tiempo, he recibido todas vuestras cartas a través de las cuales me habéis pedido encarecidamente que volviera, las he leído, me he reído, he llorado un poco también (de la emoción, nada grave... Bonito, pero no grave), las he vuelto a leer (algunas) y las he guardado (todas). Sí, las guardé todas. Perdonadme que las guardara y no os diera el gusto hasta ahora. El de volver. El de escribir. El gusto de volver a escribir me refiero. Hace tanto que no lo hago que ya no sé ni cómo hacerlo. Pero lo voy a intentar. Os lo debo.

La verdad es que pasa algo horrible que no sé ni cómo contaros, pero tengo que hacerlo. Es algo muy egoísta de lo cual me avergüenzo un poco, pero es la realidad de mi vuelta. Y prometo explicarlo. Así que aún a riesgo de perder seguidores, ganar detractores, generar decepciones y "nosecuantasdesgraciasmás", ahí va... Voy a soltar un titular y así no os pilla tan desprevenidos:

No vuelvo por vosotros, vuelvo por mí. 

Ale, ya lo he dicho. Lo sé, es horrible. Yo también me sentiría fatal si me soltaran una bomba con un titular así. Tan insensible, tan inhumano, tan impropio de mí. Lo siento. Vosotros, que de 12 pasasteis a 22, que sois los que dais vida a este blog, los que leéis, comentáis, me escribís cartas para que vuelva (he visto a alguno incluso con una pancarta debajo de mi casa "¡Vuelve, por favor! No aguantamos más"). Increíble. Me siento fatal. De verdad. Pero ésta es la realidad. Y contra eso no puedo hacer nada. Ni siquiera por vosotros. 

La realidad es que hace unos días estaba hablando con esta persona que os decía que me conoce bastante bien sobre la vida y... Y sí, también sobre el amor. Eso es así. No se puede hablar de la vida sin hablar del amor y viceversa. Viceversa, cómo me gusta esta palabra. Hay otras que también me gustan, pero ni se le acercan. Pero ése ya es otro post...

En fin, el caso que en algún momento de aquella profundísima conversación, esta persona me dijo que resultaba difícil conocer gente que fuera suficientemente interesante. Que era difícil encontrar personas que se plantearan la vida o la existencia más allá del trabajo, aficiones varias y/o preocupaciones diarias. Entonces me entró a mi también una preocupación. Una PREOCUPACIÓN así con mayúsculas. ¿Sería yo interesante? Y se lo pregunté. Así, sin miedo: "Oye, espera, que yo no tengo claro que me plantee la existencia más allá de mi trabajo, aficiones varias y/o preocupaciones diarias y, si lo hago, no estoy segura de transmitirlo cuando alguien me conoce, entonces, ¿no soy una persona suficientemente interesante?" A lo que esta persona, sin pestañear, me respondió: "Claro que lo eres, tú escribes." Una afirmación muy aventurada, lo sé. Pero una afirmación que, reconozco, me permitió respirar después de la tensión y el desasosiego vividos los minutos previos a escucharla. 

Claro que sí - me dije - yo escribo, ¿en qué estaría pensando? No tengo ni idea de cómo eso influye exactamente en que sea interesante, pero eso no importa. Lo importante es que escribo y que soy interesante porque escribo. Y, justo cuando me estaba reponiendo del susto, volvieron la tensión y el desasosiego... Pero, - volví a decirme - ¡si ya no escribo! Revisé mi blog y, efectivamente, ya no escribía.

Han pasado varios días desde esa conversación y la tensión y el desasosiego siguen aquí, conmigo, me acompañan a todos los sitios, a todas horas. Y ya no puedo más. Ya no puedo más. Siempre se repite la misma histooooo... Perdón. No he podido resistirme. Por dónde iba... Ah, ¡sí! Ya no escribía. Un año sin ser suficientemente interesante. Increíble. Todavía no me puedo creer que haya sido capaz de cometer tal insensatez. Si Gandalf no estuviera siempre tan ocupado y hubiera venido a decirme "escribe, insensata" otro gallo cantaría. Pero ni Gandalf, ni gallo, ni nada. Solo tensión y desasosiego. Y ya no puedo más. Y no, tranquilos, no voy a volver a cantar. Solamente voy a volver. A volver a muchas cosas y seguramente de tantas otras. Pero, sobre todo, a volver a escribir.


Por vosotros. Por mí.



"En la humanidad nada acaba del todo; cada cosa se detiene para volver a empezar."
Yoritomo Tashi -

sábado, 15 de febrero de 2014

1 año y 3 meses después...

1 año y 3 meses después volví y todo seguía igual. 10 horas suspendida en el aire, un charco recién cruzado, una carrera a la felicidad, más de un abrazo más que esperado, una pancarta de bienvenida... Y... 1 año y 3 meses después, todo seguía igual. O no.

Los que me conocéis, sabéis que soy medio descastada, característica de mi personalidad que me ayudó a entrar directamente en el exclusivo club de las "ovejas negras" de la familia. Esa es la parte buena, nunca he sido la única, en el club había veteranos cuando llegué y espero que, en estos momentos, haya novatos ingresando. Me imagino que soy medio descastada porque nací así o, a lo mejor, porque Sonsoles no me quería cuando nací y desde pequeña me transmitió esa "descasticidad" que, inevitablemente, quedó impregnada en mi personalidad.

Ah, sí... eso... quería obviar el tema porque, 28 años después, todavía duele. Pero tal cual me leéis... Sonsoles no me quería cuando nací. No la juzgo, aunque la verdad es que yo tampoco me lo explico. Con lo mona que era (y que soy). Pero así fue. Así fue, hasta el punto que me escribió una carta para informarme formalmente de que no me quería. Gracias a que los planetas debieron alinearse por aquella época, decidió romper la carta, pero en algún momento, se debieron "des-alinear" y, sin pelos en la lengua (los que la conocéis, sabéis que ella es así), me lo contó. Yo quedé anonanada, compungida, indignada y... y me volví, por primera vez de forma consciente en mi vida, una descastada. Una descastada en toda regla, a decir verdad.

Lo que todavía no sabía Sonsoles es que hace 1 año y 3 meses, la suerte se iba a poner de su lado. Y yo... la verdad que yo tampoco lo sabía. Pero hace 1 año y 3 meses (en realidad, ya unos pocos más) emigré de mi España-querida-y-Olé y, por alguna razón que desconozco, mi "descasticidad" poco a poco se fue convirtiendo en sensiblería. En realidad, en sensiblería pura y dura. Para qué os voy a engañar...

Soy consciente que este cambio en mi personalidad me saca automáticamente del club de las "ovejas negras" al que tanto tiempo pertenecí de forma más que orgullosa. Espero que los integrantes actuales no me lo tengan en cuenta y cuando regrese a mi España-querida-y-Olé (ya sabéis "en un par de años, en cuanto la cosa se ponga mejor") me vuelvan a admitir. Sin rencores, claro. Que ahora soy sensible, no descastada, y me puede dar un fritango, un jamacuco o, en el peor de los casos, un pitiflús.

El caso es que 1 año y 3 meses después volví y me gustó que todo siguiera igual. Supongo que a la Susana de antes, a la descastada, le habría importado un pito, pero a la nueva no. A la nueva le preocupaba lo que se fuera a encontrar 1 año y 3 meses después cuando se reencontrara con su España-querida-y-Olé y con todas las personas que forman parte de ella. Me gustó veros a todos los que os vi, compartir buenos momentos, comilonas, risas, fechas navideñas, regalos, abrazos, besos, conversaciones hasta la madrugada, días de playa, patatas bravas y paellas, cañas en Madrid, salidas nocturnas hasta la hora del desayuno... En fin, me gustó veros a todos los que os vi y más me hubiera gustado veros a los que no vi. Gracias, infinitas gracias por los momentos compartidos (este agradecimiento es un signo más que evidente de mi nueva personalidad...)

Espero que no vuelva a pasar 1 año y 3 meses hasta la próxima. Aunque, en realidad, lo que de verdad espero es que, pase el tiempo que pase, todo siga igual.



“Uno se siente parte de muy poca gente. Tu país son tus amigos (y tu familia), y eso sí se extraña.”
- Martín Hache (película) -

lunes, 27 de mayo de 2013

Mi manera de quererte

Cada uno tiene su manera de hacer las cosas, igual que cada uno tiene su manera de reaccionar ante los acontecimientos que, definitivamente, se salen del propio control. Del propio y del ajeno. Y, por mucho que uno quiera manejarlo a su manera, no le queda más remedio que aceptar, asumir y resignarse a los hechos y... y ya.

Mi manera de quererte, seguramente, no era la más común. Pero no por ello te quise menos y, precisamente por ello, te voy a extrañar más. Me duele, especialmente, que no esperaras hasta que (al menos) te hubiera dedicado otro post. Podría haber sido un post más común, que no se pareciera a aquel Maldito karma cargado de resentimiento... Aunque, definitivamente, no habría reflejado nuestra relación en su más pura esencia. Y nuestra relación, amiga mía, era perfecta así. Tú y yo no nos andábamos con tonterías, no nos engañábamos, no éramos las más cariñosas la una con la otra, pero teníamos nuestras cosas... Como que tu nombre fuera idea mía. Y mi amor por un perro fuera, única y exclusivamente, culpa tuya.

Tú mejor que nadie conoces a quien fue tu dueña oficial. Quien nació con la facilidad de conseguir todo lo que se propone. Quien te quiso, incluso antes de tenerte. Y, quien, como no podía ser menos, consiguió que Nacho y Sonsoles, contra todo pronóstico, te trajeran a casa. Hasta que Julia nació, jamás de los jamases la familia Olleros Martos se hubiera planteado tener un perro, pero te trajeron y, paradójicamente, todos te quisimos. Y no porque nos tocara. La verdad, Dunita, es que te hiciste querer. Y te hiciste querer mucho.

Ya sabes que yo siempre he sido muy miedosa. Hay miedos que los voy superando con el paso de los años. Otros que no. Otros que aparecen. Otros que nunca vuelven a aparecer. Uno de ellos, era a los perros. Que no soy una amante de los animales, creo que ya no es un secreto para nadie. Precisamente por eso, yo nunca te hubiera traído. Eso es así. Y así te lo cuento, así de real, así de frío y así de crudo. Así,como lo tuyo y lo mío. Así, como mi manera de quererte.

Yo nunca te hubiera traído y, sin embargo, ahora siempre te voy extrañar. 




jueves, 11 de abril de 2013

Procesos de adaptación

Me solía pasar que había algo dando vueltas en mi cabeza y, sin quererlo, automáticamente ese algo se auto-redactaba para ser el comienzo de un post. Mejor o peor, pero un post al fin y al cabo. Últimamente eso ya no me pasa. No sé si será porque al estar 2.600 metros más cerca de las estrellas, me llega menos oxígeno a la cabeza y mis pensamientos no rinden tanto. O rinden, pero no tanto como para auto-redactarse ellos solitos y dar comienzo a un post. Por esta razón, hoy me siendo frente al ordenador sin tener un comienzo claro, aunque creo que con esto ya hemos comenzado.

Aparte de esto, hay algo más que ronda mi cabeza y que espero (en algún momento) de sentido a este post. Ese algo es lo que da título a esta nueva entrada: Procesos de adaptación. Algunos de vosotros ya sabéis (y los que no, pues... qué poco me leéis!) que hace unos 6 meses hice un par de (gigantes) maletas y crucé el charco para aterrizar en Bogotá. Mi querida Bogotá. Bogotá es... Es genuina, gris a la par que soleada, caótica, aventurera, alegre y con un gran espíritu de supervivencia. Es una ciudad de contrastes que ha conseguido atraparme en muchos sentidos, pero esto ya debería formar parte de otra aventura bloggeril que espero comenzar uno de estos días.

Este viaje, como cualquier otro, ha supuesto a día de hoy muchas experiencias de vida y más de un proceso de adaptación. Interesantes, por cierto, los procesos de adaptación... Jugamos con la ventaja de que, por alguna absurda e inexplicable razón, los seres humanos estamos (literalmente) diseñados para adaptarnos a todas las situaciones que se nos presenten: buenas, malas, regulares, medio buenas, medio malas, medio regulares... Esto es algo muy positivo que sólo descubrimos cuando lo único que nos queda es, precisamente, adaptarnos. Adaptarnos para sobrevivir. Sobrevivir.

Pocos lugares he conocido con el instinto de supervivencia de Colombia. Aquí comienza a llover y, como por arte de magia, se llenan las calles de vendedores de paraguas que hasta ese momento vendían cualquier cosa, menos un paraguas. Aquí en cada esquina venden minutos. Sí, minutos. Con unos teléfonos a través de los cuales puedes llamar y pagar los minutos que hayas hablado. En cada manzana (o cuadra) hay un puesto de fruta, dulces, cigarrillos o aguacates. Aguacates gigantes y deliciosos. Sí, así se sobrevive aquí. Y sí, así me he adaptado yo a la supervivencia diaria de este país. Comprando paraguas a vendedores ambulantes que se aparecen por arte de magia, pagando minutos cuando no tengo minutos propios, comiendo aguacates gigantes, desayunando vasos de mil pesos (o de dos mil cuando el hambre aprieta) de mango y papaya de un puesto ambulante cada mañana de cada día.

Y, entre que me adapto y que no, me solía pasar que otro algo daba vueltas en mi cabeza y, sin quererlo, automáticamente ese algo se auto-redactaba para ser el final de un post. Mejor o peor, pero un post al fin y al cabo. Últimamente eso ya no me pasa. No sé si será porque al estar 2.600 metros más cerca de las estrellas, me llega menos oxígeno a la cabeza y mis pensamientos no rinden tanto. O rinden, pero no tanto como para auto-redactarse ellos solitos y dar final a un post. Por esta razón, hoy llego hasta aquí sin tener un final claro, aunque creo que con esto ya hemos terminado.



viernes, 21 de septiembre de 2012

All-in

En la vida, como en el póker, cuando las cosas no se dan es mejor dejar de jugar. Pero cuando las cosas se dan... ¡Ay, amigos! Cuando las cosas se dan...

Los que me conocéis, sabéis que yo no sé vivir a medias. No es que nunca lo haya hecho. Seguramente haya sido así en más de una ocasión, pero como no me gusta, no se me da bien y siempre vuelvo al blanco o negro, al sí o no, al todo o nada. No me gusta el gris, no me interesan los quizás, y me aburren los a medias.

Soy así y no puedo cambiarlo. O quizá puedo, pero no quiero. Bien sabéis que yo soy muy de hacer las cosas a mi manera, y en mi manera de hacer las cosas, mano tras mano, fueron saliendo los flops, desvelándose los turns y sorprendiendo (unas veces más que otras) los rivers. Y partida tras partida, un buen día me vi con un par de ases en la mano. Sí, señores. ¡Un par de ases! Pero no cualquier par de ases. No, no. Mi par de ases particular, mi medio lulo, mi apuesta segura. Y, con mi par de ases, me lancé a jugar una mano que a día de hoy sigue su curso. Un curso que, irremediablemente, está definiendo el resto de la partida.

Muchos de vosotros os estaréis preguntando "¿Pero a ésta qué le pasa? ¿De qué está hablando? ¿Qué flop ni flip ni turn ni tarn ni river ni na?" Definitivamente ha llegado el momento Logse (para los de la Logse: El flip y el tarn no son nada, solamente un recurso literario. El flop, el turn y el river son términos que se emplean en el juego del póker). Pero, en realidad, eso no es lo importante. No. Lo que quería deciros es, que en este juego que es la vida, dónde unas veces se gana y otras se pierde, lo importante es participar. Eso es así. Y no vale no hacerlo. Y mucho menos, no hacerlo por miedo a perder. ¿A perder qué? ¿Y si ganas?

Lo que está claro es, que yo debí poner especial empeño en aprender aquella lección que a todos nos enseñan desde tiempos inmemoriales. Porque tan bien la aprendí, que mi yo más aplicado no concibe seguir con el aprendizaje sin ponerlo en práctica. Así que no me queda otro remedio que lanzarme y participar. Aunque para ello tenga que llevar a cabo mi tercera y última verdad.

¿La recordáis? Sí, aquella verdad que dejé pendiente no hace mucho, en otro post dónde desvelaba un par verdades más. Pues eso. Mi tercera verdad. Una verdad que decía que el día que tuviera que despedirme de Madrid, lo haría con todo el dolor de mi corazón. Y ese día, como podréis imaginar, en el transcurso de la partida, entre apuestas y checks, pares y escaleras, "allines" y jolines, ha llegado.

Hoy te dejo, Madrid. Te dejo con todo el dolor de mi corazón. Y no me salen las palabras para despedirme porque, además de que no me gustan las despedidas, no es fácil despedirse de ti, de tu compañía, de tus calles, de la vida que respiras, de los buenos momentos, de tu gente. Pero, sobre todo, del lugar dónde encontré aquel par de ases, a mi medio lulo, a mi apuesta segura.

Pero, hoy, te dejo. Te dejo porque si algo sé es que el turn está marcando claramente la apuesta correcta para continuar la partida. Aunque, lo cierto es (como bien estaréis pensando más de uno en el caso de que hayáis conseguido seguir el hilo del post, a pesar de tanto flip, flap, turn y tarn), que nunca sabes con qué te sorprenderá el river.

Pero, ¿sabéis qué? Que eso es lo de menos. Eso no me importa. Y tampoco debería importaros a vosotros. Porque, como decía al principio, cuando las cosas se dan... ¡Ay, amigos! Cuando las cosas se dan, la mejor opción es jugar.

Y no sé vosotros, pero yo en la jugada más decisiva de esta partida, lo tengo claro: Contigo, mi par de ases, mi medio lulo, mi apuesta segura... Contigo, me voy all-in.