jueves, 23 de julio de 2015

Los abuelos deberían ser eternos...

Y, en parte, que creo que lo son. Pero me refiero a que nunca deberían abandonarnos. Y no deberían hacerlo, porque cuando lo hacen nos dejan muy perdidos. Tan perdidos que no es raro que cada vez nos perdamos más.

Y me explico...

Cuando tienes la suerte de conocer a tus abuelos y convivir con ellos y vivirlos, descubres otro mundo. Paralelo al tuyo, pero otro mundo. Recto, constante, firme, entregado y sin reservas.
Un mundo que, cuando lo descubres, te das cuenta de que marca otro camino, sigue otro rumbo, tiene otro fin.
Un mundo que, por desgracia, destaca por su escasez, que está en peligro de extinción, que muchos quizá no hayáis conocido y que, los que hemos tenido la suerte de conocer, no hubiéramos querido abandonar jamás.

Y no lo hubiéramos querido abandonar porque es un mundo capaz de cambiar hasta tus propias percepciones.

Y me vuelvo a explicar...

Los que me conocéis, sabéis que yo nunca he sido de querer casarme. Me refiero, si algún día decide(s) que sea s(t)u Milano me casaré con(tigo) él y seré la primera en disfrutarlo. Pero a lo que me refiero es a que nunca he sido esa chica que sueña con el día de su boda, su vestido de princesa y los milquientoscincuentaydos ojos de sus setecientossetentayseis invitados puestos en ella. Yo nunca he sido esa chica y, a lo mejor (o precisamente por ello) eso del matrimonio nunca me ha hecho especial ilusión. Pues os vais a reír (o no), pero siempre me han entrado ganas de casarme cuando he visto a mis abuelos.

Estar más de 60 años con una persona, ¿cómo se hace?
Superar todos los problemas junto a la persona que has elegido y seguir enamorado después de los años, ¿es posible?
Seguir casados en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte nos separe, ¿aún existe?
Después de estar más de 60 años viviendo con una persona, ¿cómo te acostumbras a estar sin ella? ¿Se puede? 

Nuestros abuelos, los míos al menos, siempre han sido los encargados de demostrarnos que sí, que es posible y que aún existe. Y que, después de estar 60 años viviendo con una persona, no te puedes acostumbrar a estar sin ella. Sobre el cómo no sabría explicarlo. Me imagino que, como todas las cosas importantes en la vida, hay que vivirlo para entenderlo.

Y yo me siento muy afortunada por haberlo vivido a través de ellos. Porque en los tiempos que corren, en los que corremos mucho para poder seguir el ritmo de no sabemos qué, creo firmemente que cada vez damos menos importancia a las cosas que más importancia deberían tener. 

Hoy hace tres años que decidiste irte con tu Antonio y yo medio empecé a escribir estas líneas que, por alguna razón, nunca supieron convertirse en un post. Y tampoco tengo claro que ahora lo hayan conseguido. No sé bien si por exceso de sentimientos o por falta de espacio virtual para expresarlos. O seguramente sea por ambas cosas.

Lo que sí sé es que empecé a escribirlas en un intento de tener la despedida que no pudimos tener. Pero tres años después de pensar por primera vez que los abuelos deberíais ser eternos, me he dado cuenta de que, como decía al principio, en realidad creo que lo sois. Al menos tú y tu costillo. Al menos, para nosotros. Porque sé que cuando os fuisteis decidisteis dejarnos vuestro mundo. Recto, constante, firme, entregado y sin reservas.

Ése que escasea y que está en peligro de extinción.

El que conocimos y descubrimos gracias a vosotros.

El mismo que es capaz hasta de cambiar nuestras propias percepciones. Para que, aunque de vez en cuando nos sigamos empeñando en hacerlo, no nos perdamos.

Para que podamos seguir viviendo cada día con vuestro ejemplo.


"Algunos amores duran toda la vida, los verdaderos (como el vuestro) duran toda la eternidad."

miércoles, 24 de junio de 2015

Pensat i fet

No sé si todos los que me conocéis lo sabéis. Pero, para no asumir riesgos innecesarios, os lo cuento y evitamos que los que lo saben empiecen a leer este post con ventaja. De nada.

Por alguna razón totalmente incomprensible para mí, el hecho de ser madrileña ha generado y genera malestar en mi círculo social más cercano. Qué digo malestar. Malestar, desazón, decepción, discusiones y debates de los que salen muchas cosas, pero ninguna conclusión. Lo sé. Incomprensible. Pero es así. Yo, en mi defensa, lo único que alego es que en mi DNI pone que nací en Madrid. Eso y, que si le preguntan a Sonsoles, dirá lo mismo que dice el DNI. Estoy segura de que, a pesar de que hayan pasado ni más ni menos que 30 años, recordará que nací en Madrid. Y no porque me quisiera cuando nací (tal y como os conté en aquel doloroso, pero no por ello menos aclamado post). Sino porque tardé más de 20 horas en hacerlo. Y claro, puede que estéis pensando que una madre lo perdona todo. Pero, a lo mejor, todo-todo no (y dejo abierto el debate a todas las mujeres que hayan vivido un experiencia similar). Supongo que, por eso, Sonsoles repite tanto eso de que soy pesadita desde que nací. Pero ese, como tantas otras veces, ya es otro post...


El caso es que, a pesar de haber nacido en Madrid, a los pocos meses nos mudamos a Valencia. Valenciaaaaa, es la tierra de las flores, de la luz y del amor tututurú turú turú... Perdón, no sé qué me pasa últimamente que tengo una facilidad para arrancarme a cantar que... En fin. A lo que iba es a que, en Valencia, además de aprender a cantar, aprendí a hablar, a andar, a leer, a escribir, a entrar, a salir, a amiguear... Sí, ya lo sé, acabo de inventarme un verbo, ¿y qué? Es que no sé cómo decir en una palabra que de Valencia son mis mejores amigas. Las más mejores del mundo mundial. Con ellas he compartido cosas que sé que no podría compartir con nadie más. Y cuando digo cosas, digo más. En realidad, muchísimo más.

Cosas importantes y otras súper importantes como haber sido las guays del colegio. Porque eso siempre fue así. Nadie lo ponía en duda y nunca fue un tema a debatir. Pero por muy guays que fuéramos (o que nos creyéramos) nunca pudimos librarnos de les exposiciós orals de valencià. Ai, el valencià! Sé que s'estarán rient quan me lean, elles i la nostra profesora que me consta que es lectora fervient d'aquest blog, perque io puc destacar por moltes coses, pero no por el meu nivel de valencià (en realidad aquí me estoy esforzando en mostrar un nivel un poco peor para que los no valencianos me entendáis. Ay sí, ay sí...). Aún recuerdo con horror el momento de tener que subirme a la tarima de madera y aguantar la tortura que suponía estar durante cinco minutos -CINC MINUTS- hablando delante de toda la clase sobre diossabequécosas, pero en valencià. Clar que sí! Un verdader infern!

Espero que en este punto todos hayáis entendido que no me gusta el valenciano (incluso los de la Logse). Me hace gracia mal hablarlo. Pero no me gusta. Igual que no me gusta que a la gente le moleste que diga que soy de Madrid. A pesar de que lo diga el DNI. Y que lo diga hasta Sonsoles. Me hace gracia. Pero no me gusta. Pero estos días, me he dado cuenta que hay una cosa que sí me gusta del valenciano. Sí, solo una. Y otra de haber vivido en Valencia. Aunque de Valencia, en realidad, me gustan muchas más. Pero ésta en especial. Y no, no son las fallas. Porque no me gustan las fallas. Y eso no sé si es culpa mía o de Madrid, pero es así.

Y no voy a entrar a debatir si uno es de dónde nace o de dónde se hace. Yo nací en Madrid, me empecé a hacer en Valencia, seguí haciéndome en Madrid, crucé el charco para hacerme un poco más en las Américas y ahora me sigo haciendo en Madrid. Y no descarto hacerme en algún otro lugar. Aunque siempre intentaré volver porque creo firmemente que las mejores cosas pasan en Madrid. Pero, seguramente, si no me hubiera empezado a hacer en la tierra de las flores, de la luz y del amor y malhablado el valenciano, todo esto no hubiera pasado. Porque nunca hubiera escuchado, dicho ni entendido lo que tanto me gusta del valenciano y de Valencia. Pero me empecé a hacer en Valencia, malhablé el valenciano e, inevitablemente, mi querido "pensat i fet" empezó a formar parte de mí.

Y, la verdad, es que me gustó desde el primer momento. Fue un flechazo. Y eso que yo no creo en el amor a primera vista. Pero una vez me enamoré al escuchar una voz. Y compartí con esa voz algunos años de mi vida. Y creo que con el "pensat i fet" me pasó algo parecido. Me gustó desde que lo escuché. E, inevitablemente, empezó a formar parte de mi vida. Con la diferencia de que a día de hoy sigue haciéndolo. Y con la seguridad de que siempre lo va a hacer. Por muchas razones, pero, sobre todo, porque aplicarlo me ha hecho y me hace ser quién soy.

Y aunque no siempre todo el mundo lo entienda, yo lo tengo claro. Lo tinc clar. Como alguna vez os conté no me gusta el gris, no me interesan los quizás y me aburren los a medias. Y ahora sabéis el origen de todo esto. Así que gràcies valencià. Gracias Valencia. Por muchas cosas, pero sobre todo porque, ¿qué sería de mi la vida sin los "pensat i fet"?


"Vale más hacer y arrepentirse, que no hacer y arrepentirse."
Nicolás Maquiavelo

lunes, 8 de junio de 2015

Mi incondicional

Todos deberíamos tener uno. Yo lo tengo. Nunca lo busqué, nunca decidí si lo quería o no. Seguramente porque nunca dependió de mí. Seguramente porque nunca depende de ti.

Pero lo tengo. Y, aunque a veces no lo valore y otras tantas no lo reconozca, la realidad es que me gusta tenerlo.

No hace mucho tiempo alguien, a quién solía ver con frecuencia, me dijo que a todos nos gusta gustar. Y yo no estuve muy de acuerdo. O, a lo mejor, sí. Pero supongo que siempre fue más divertido divergir; llevarle la contraria para poder debatir. Aunque la realidad es que a mí no me gusta gustar a quien no me gusta. No por nada. Sino porque no le encuentro el fin. Pero me he dado cuenta de que me gusta tenerlo. No sé. A lo mejor no siempre es necesario que exista un fin.

Hay gente que habla de personas amarillas, lo cual me encanta porque el amarillo se está convirtiendo en mi color, pero ese ya es otro post. Pero yo prefiero hablar de otra cosa. Siempre he pensado que la incondicionalidad está infravalorada. Yo he sido incondicional. No siempre. No con cualquiera. Pero serlo, siempre me ha traído cosas maravillosas. Cosas amarillas. Esta vez no me importa ponerle un color. Y, de la misma forma, hay quién conmigo siempre ha sido incondicional. No muchos. Pero sí siempre. Supongo que llega un momento en la vida en el que empiezas a valorar calidad sobre cantidad. Y debe ser que me encuentro en ese momento. Porque hoy no necesito más.

Pero, ojo, que la incondicionalidad no está infravalorada porque sí. No es gratuito. Ser incondicional es de todo, menos fácil. Porque no es fácil, y menos en los tiempos que corren, estar siempre ahí. Que alguien apueste por ti. Que no importen los años, los que pasan ni los que faltan por pasar. Que no importe lo que hagas, ni lo que digas, mucho menos lo que dejes de hacer o de decir. Que no importen las decisiones que tomes. Que un día te acerques y otros tantos prefieras alejarte. Que no importe que cambies, porque inevitablemente, vas a cambiar. Que no importe que decidas moverte o que decidas volver o que desaparezcas para reaparecer. Que no importe que, a veces, no te importe.

Porque volverá el día en el que te vuelva a importar.

Y llegará el día en el que entiendas que era cierto aquello de que nada ni nadie lo iba a poder cambiar. No todo lo que os acabo de contar. Sino algo, tan sencillo y tan complicado a la vez, como que a alguien le guste cómo eres. Que le guste cómo eres así, sin más.

En mi caso, si ese alguien fuera un número definitivamente sería un 7. Si fuera una comida dudaría porque me siento totalmente incapaz de elegir, pero seguramente estaría entre el arroz al horno y las pechugas villaroy. O entre los pimientos rellenos y la cruceta o la macilla de mi restaurante favorito del mundo mundial. O no sé, ya os he dicho que me siento incapaz de elegir. Y si fuera un color estoy segura de que siempre ha sido el verde, aunque en los últimos tiempos puede que esté siendo un verde clarito que, algún día, corre el riesgo de convertirse en amarillo.

Como os decía, esto es algo que seguramente no depende de ti. Mucho menos depende de mí. No es algo que se pueda buscar. Mucho menos se puede pedir. Pero creo firmemente que es algo que todos deberíamos tener. Llámalo persona amarilla. Llámalo equis. Llámalo como lo quieras llamar. Para mí siempre será un incondicional.

Para mí, siempre serás mi incondicional.


viernes, 22 de mayo de 2015

Voy a querer...

...ser tu Milano.

Y voy a querer reírme. Contigo. De mí. Y, si me dejas, también de ti. Prometo hacerte reír. Y espero que tú hagas lo mismo por mí. Pues "dos personas que se hacen reír, tienen derecho a todo."

Voy a querer viajar. Siempre. Por todo el mundo. Cualquier lugar por descubrir siempre será un buen destino. Y, si nos gusta, a lo mejor voy a querer repetir.

Voy a querer comer. De todo. Dulce y salado. Y voy a querer que comas tú también. Que lo disfrutes tanto como lo hago yo. Llevarte a mi restaurante favorito del mundo mundial y que te guste más que a mí. Compartir sobremesas sin fin.

Voy a querer bailar. Ya sabes, como "si nadie estuviera mirando". Ésa es la única forma de que, realmente, merezca la pena el baile. Y voy a querer que tú me saques a bailar.

Voy a querer hablar. Mucho. Y de todo. Y este punto no tiene discusión. Así que, de momento, no voy a decir nada más. Por lo que pueda pasar.

Voy a querer complicidad y compartir tardes de sofá. Un café por la mañana. El gin-tonic de las 8 y que para unas cañas nunca tengamos hora establecida. Que te guste la playa tanto como a mí y a mí la montaña tanto como a ti.

Voy a querer cantar. Debajo de una ducha caliente. Y con la compañía de los acordes que aún no sé tocar.

Voy a querer las mariposas. E ignorar todos los estudios que dicen que sólo duran un par de años. No tienen ni idea de la capacidad de aguante de mi estómago. Voy a querer las mariposas dentro, por siempre jamás.

Voy a querer sorpresas. De las buenas. De las de verdad. No quiero flores, ni bombones. O, a lo mejor, los bombones. Pero solo cuando tenga hambre. De chocolate, por favor. Y sin rellenos raros de fruta o licor.

Voy a querer besos. En la frente cuando me despierte. Y en el cuello cuando me despiste. Y todos los demás extra que me quieras dar.

Voy a querer tantas cosas que seguramente no sepas ni por dónde empezar. Pero, la verdad es que, por muchas cosas que quiera, lo único que realmente voy a querer es ser tu Milano. Ser tu Milano y nada más.


Si me prometes eso y...
"si no tardas mucho, te espero toda la vida." 

miércoles, 20 de mayo de 2015

No por nada...

No por nada soy fan incondicional de Harry Potter y en más de una ocasión me he sorprendido a mí misma formulando muy concentrada conjuros levitatorios. Ya sabéis... ¿No? Bueno, pues para los que no sabéis (creo que, por una vez, los de la Logse os llevan ventaja porque ellos seguro que lo saben) este es el conjuro: ¡Wingardium Leviosa! Como os decía, más de una vez me he sorprendido diciéndolo y esperando a ver qué pasa. Y no, no pasa nada. Yo no pierdo la ilusión. Nunca. Pero hasta ahora no ha pasado nada. Quizá sea porque suelo hacerlo sin mi varita. O quizá sea porque no tengo. Varita. Porque ilusión sí tengo. Y mucha.


Seguramente, no por nada, sin ser especialmente deportista (lo sé, mi cuerpo atlético no me delata, pero los que me conocéis sabéis que es así. Cambiar la actividad física por el estado horizontal no es lo mío. Aunque, a veces, lo hago. No sé por qué. Pero, a veces, es así. Preparaos que ahora salgo del paréntesis y tenéis que seguir el hilo de la frase de antes de este rollo. ¿Preparados? ¿Listos? Allá vamos...) he sentido unas INCONTENIBLES ganas de jugar a quidditch. Y lo que es peor aún, he sentido que sería buena. Digo más, muy buena. Lo cual no tiene ningún sentido porque nunca he sido especialmente buena en ningún deporte. En otras cosas, sí. Pero en ésta, no. Eso es así.

No por nada, hablar élfico me parecería... No encuentro las palabras. Os lo digo en élfico:



Tampoco es por nada que vivir en una casa estilo Hobbit sería algo así como un sueño hecho realidad. Sí, una de esas con puerta redonda, incrustada en la montaña y rodeada de verde. Con un banquito en la entrada y Gandalf apareciendo de vez en cuando a saludar con su pipa de la paz. Y lo que no es la paz. Busqué bastante. Mucho. De hecho, busqué por todo Madrid. Pero no encontré nada parecido. Sobre todo por lo de la montaña, el verde y Gandalf. Pero encontré algo redondo. Y, seguramente por eso, convencí a Tere (o Tere me convenció a mí porque con ella, a parte de compartir genes o precisamente por eso, comparto también esta tarita) y nos mudamos. Y ahora me siento como si viviera (casi) en La Comarca. Los que habéis pasado por allí, ya sabéis de qué os hablo. Los que no, adjunto documento gráfico para que entendáis de qué os hablo:


Y si después de ver la foto de la puerta de mi nuevo hogar os parezco exagerada, podéis preguntarles a mis nuevos vecinos que el otro día se mudaron y lo primero que preguntaron fue si aquí hablábamos élfico. Quise salir y decirles que sí. Me pareció maravilloso.

Por todo esto, me imagino que no es por nada que, frecuentemente, me pregunte y pregunte a los demás cuál sería el súper poder que elegirían en caso de que pudieran elegir uno. Y no por nada yo tengo mi respuesta clara. Muy clara. No es gratuito. He invertido mucho tiempo de mis últimos 30 años pensando y sopesando las diferentes posibilidades. Y puedo decir que, sin dudarlo ni por un segundo, la teletransportación sería el súper poder que elegiría, en caso de que alguien me diera la oportunidad de elegir uno. 

Y ayer hablé con alguien que me hizo corroborarlo. 

Deberías saber que me hubiera teletransportado al sur de España eliminando así los seiscientos y pico km que nos separan en estos momentos y te hubiera acompañado a comernos un McMenú. Con patatas y coca-cola grandes por unos céntimos más. Y postre, por favor. Hubiera disfrutado esta ingesta de calorías mientras me ponías al día de tu vida y yo, a lo mejor, hacía lo propio con la mía. Y hubiéramos compartido una vez más habitación en cualquier hostal barato como cuando cogíamos el coche y nos recorríamos España de arriba a abajo. Nos hubiéramos reído, tal vez llorado, seguramente disfrutado. Y mucho. Seguro que hubiéramos disfrutado mucho. Y esta mañana me hubiera vuelto a teletransportar a Madrid. 

Todavía nadie me ha dado la oportunidad de elegir un súper poder. Pero, si alguien lo hubiera hecho, no dudes ni por un segundo, amiga mía, que ayer me hubiera teletransportado para estar contigo.

"Compañeros hay muchos, verdaderos amigos solo unos pocos."
Steven Santana

P.D: Para los que no controláis el idioma, os desvelo el misterio. Hablar en élfico me parecería... Espectacular.

martes, 19 de mayo de 2015

Hoy es momento para otra cosa

A veces me pasa que me leo y me río. La verdad es que me pasa con bastante frecuencia. Lo de reírme cuando me leo. Mucha. Me pasa con mucha frecuencia. Supongo que por eso escribo. Ya sabéis, no tanto como debería (o me gustaría). Y si os parece que escribo poco, la realidad es que me leo mucho menos. Pero a veces, me leo y me río. Y cuando me río por leerme, escribo. Pues bien, todo esto para contaros que ésta es una de esas veces.

Y, esta vez, coincide con que tengo varios temas rondándome la cabeza sobre los que no veo el momento de escribir. Y sobre los que me imagino riéndome mientras los leo. Pero acabo de decidir que hoy no es momento para eso.

Hoy es momento para otra cosa.

Como sabéis hace pocas semanas cumplí LOS 30. En realidad, lo alargué todo lo que pude. Traté de hacer como si no fueran conmigo. Intenté despistarlos, ignorarlos, confundirlos, engañarlos, desorientarlos... incluso rechazarlos. Pero, a pesar de mis esfuerzos, llegaron, me encontraron y no me quedó más remedio que (con más o menos ganas) aceptarlos y... Y ya.

Y, lo mismo que hace 30 días cumplí 30, hace 4 años y 30 días cumplí 26 (para los de la Logse, sé que el cálculo es algo complicado, pero voy a intentar explicarlo de la forma más sencilla posible: 30 años y 30 días menos 4 años y 30 días = 26 años). Y no es que en los 26 pasara nada excepcional. O sí. No lo sé. Pero sé que escribí un post que, por alguna razón (puede que la razón tenga nombre de despiste) no se llegó a publicar. 

Y hoy es momento de esta cosa. Porque sí, porque hay momentos para todo y hoy es un día tan bueno como cualquier otro para publicar algo con lo que 4 años y 30 días después todavía me siento algo (no mucho, un poco, pero algo) identificada:

"Seguro que más de una vez os ha pasado como a mí y os habéis cagado en la madre que lo parió. Porque aunque no nos guste, todos hacemos cosas que sabemos que no están bien, cosas que podríamos evitar, cosas que pueden molestar a los demás, cosas que incluso pueden perjudicarnos a nosotros mismos. En fin, muchas cosas que a veces hacemos sin pensar, otras pensándolas, otras ni nosotros mismos lo sabemos. Unas veces porque sí, otras porque no, otras porque ni sí, ni no, porque en algún momento nos dio lo mismo.  
No pasa nada, yo soy de la opinión de que las cosas una vez pasan, han pasado y punto y no suele tener mucho sentido seguir dándoles vueltas porque normalmente no se llega a ninguna conclusión. Hasta hoy. Hoy he llegado a una. 
Como sabéis, recientemente cumplí mis 26. A unos os parecerán más, a otros menos... A mí me parecen una barbaridad de años, o me parecían. Porque hoy estaba pensando que todas esas cosas que menos me gustan de mí y que han sucedido durante mis primeros 25 años de vida, en realidad me las podía permitir. Sí, me las podía permitir porque me encontraba en mis primeros 25 años. ¿Y qué son 25 años de nada si uno se pone a pensar en sus segundos 25, sus terceros 25, incluso quién sabe si sus cuartos 25? Nada. 25 años no son nada. 
Solamente son 25 años de aprendizaje, de inexperiencia, de no saber nada aunque pienses que lo sabes todo, de ir adquiriendo madurez, de empezar a tener más conocimiento y de poder permitirte ciertas cosas precisamente por todo ello.
Así que, de repente, me ha invadido una cierta tranquilidad cuando me he dado cuenta de esto y he tomado una decisión. He decidido que desde hoy, me auto-perdono todas las cosas de las que no me sienta especialmente orgullosa que haya cometido durante estos primeros 25 años de vida. Esas cosas que una vez pasadas, echas la vista atrás y hacen que no te reconozcas. O que te reconozcas y no te guste lo que ves. Pues de todas esas cosas. 
Os guste o no, yo misma me las perdono. Y, sinceramente, me parece una decisión genial. Me parece genial porque aunque probablemente sea algo benévolo por mi parte, también es una forma de exigirme más a partir de ahora. De exigirme más porque ya entro en mis segundos 25 años (ésos que van peligrosamente de los 25 a los 50...) y en ésos no me voy a perdonar tan fácilmente. Ya no son años de aprendizaje. Ya no son años de inexperiencia. Ya son otra cosa. Ya no hay excusa. 
Así que a partir de mañana me cagaré en la madre que parió al cargo de conciencia, pero hoy, hoy he decidido que no es tiempo para eso."


"La conciencia es una voz interior que nos advierte que alguien puede estar mirando."
Henry-Louis Mencken



martes, 13 de enero de 2015

Volver

Volver. Hace unos días una persona que me conoce bastante bien me dijo algo que me dejó pensando. Pensando en volver. En volver a muchas cosas o de tantas otras. Pero, sobre todo, en volver a escribir. Y sé que muchos debéis estar agradeciéndole a esta persona mentalmente que haya conseguido obrar en mí este milagro, porque si me llego a descuidar un poco más os tengo un año en sequía, sin actualizaciones, sin novedades, sin tantas cosas y sin muchas otras, sin contaros las cosas a mi manera... sin mí.

He de deciros que, durante este tiempo, he recibido todas vuestras cartas a través de las cuales me habéis pedido encarecidamente que volviera, las he leído, me he reído, he llorado un poco también (de la emoción, nada grave... Bonito, pero no grave), las he vuelto a leer (algunas) y las he guardado (todas). Sí, las guardé todas. Perdonadme que las guardara y no os diera el gusto hasta ahora. El de volver. El de escribir. El gusto de volver a escribir me refiero. Hace tanto que no lo hago que ya no sé ni cómo hacerlo. Pero lo voy a intentar. Os lo debo.

La verdad es que pasa algo horrible que no sé ni cómo contaros, pero tengo que hacerlo. Es algo muy egoísta de lo cual me avergüenzo un poco, pero es la realidad de mi vuelta. Y prometo explicarlo. Así que aún a riesgo de perder seguidores, ganar detractores, generar decepciones y "nosecuantasdesgraciasmás", ahí va... Voy a soltar un titular y así no os pilla tan desprevenidos:

No vuelvo por vosotros, vuelvo por mí. 

Ale, ya lo he dicho. Lo sé, es horrible. Yo también me sentiría fatal si me soltaran una bomba con un titular así. Tan insensible, tan inhumano, tan impropio de mí. Lo siento. Vosotros, que de 12 pasasteis a 22, que sois los que dais vida a este blog, los que leéis, comentáis, me escribís cartas para que vuelva (he visto a alguno incluso con una pancarta debajo de mi casa "¡Vuelve, por favor! No aguantamos más"). Increíble. Me siento fatal. De verdad. Pero ésta es la realidad. Y contra eso no puedo hacer nada. Ni siquiera por vosotros. 

La realidad es que hace unos días estaba hablando con esta persona que os decía que me conoce bastante bien sobre la vida y... Y sí, también sobre el amor. Eso es así. No se puede hablar de la vida sin hablar del amor y viceversa. Viceversa, cómo me gusta esta palabra. Hay otras que también me gustan, pero ni se le acercan. Pero ése ya es otro post...

En fin, el caso que en algún momento de aquella profundísima conversación, esta persona me dijo que resultaba difícil conocer gente que fuera suficientemente interesante. Que era difícil encontrar personas que se plantearan la vida o la existencia más allá del trabajo, aficiones varias y/o preocupaciones diarias. Entonces me entró a mi también una preocupación. Una PREOCUPACIÓN así con mayúsculas. ¿Sería yo interesante? Y se lo pregunté. Así, sin miedo: "Oye, espera, que yo no tengo claro que me plantee la existencia más allá de mi trabajo, aficiones varias y/o preocupaciones diarias y, si lo hago, no estoy segura de transmitirlo cuando alguien me conoce, entonces, ¿no soy una persona suficientemente interesante?" A lo que esta persona, sin pestañear, me respondió: "Claro que lo eres, tú escribes." Una afirmación muy aventurada, lo sé. Pero una afirmación que, reconozco, me permitió respirar después de la tensión y el desasosiego vividos los minutos previos a escucharla. 

Claro que sí - me dije - yo escribo, ¿en qué estaría pensando? No tengo ni idea de cómo eso influye exactamente en que sea interesante, pero eso no importa. Lo importante es que escribo y que soy interesante porque escribo. Y, justo cuando me estaba reponiendo del susto, volvieron la tensión y el desasosiego... Pero, - volví a decirme - ¡si ya no escribo! Revisé mi blog y, efectivamente, ya no escribía.

Han pasado varios días desde esa conversación y la tensión y el desasosiego siguen aquí, conmigo, me acompañan a todos los sitios, a todas horas. Y ya no puedo más. Ya no puedo más. Siempre se repite la misma histooooo... Perdón. No he podido resistirme. Por dónde iba... Ah, ¡sí! Ya no escribía. Un año sin ser suficientemente interesante. Increíble. Todavía no me puedo creer que haya sido capaz de cometer tal insensatez. Si Gandalf no estuviera siempre tan ocupado y hubiera venido a decirme "escribe, insensata" otro gallo cantaría. Pero ni Gandalf, ni gallo, ni nada. Solo tensión y desasosiego. Y ya no puedo más. Y no, tranquilos, no voy a volver a cantar. Solamente voy a volver. A volver a muchas cosas y seguramente de tantas otras. Pero, sobre todo, a volver a escribir.


Por vosotros. Por mí.



"En la humanidad nada acaba del todo; cada cosa se detiene para volver a empezar."
Yoritomo Tashi -